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El animador a la lectura y la escritura: actitudes y cualidades
Introducción Mucho se habla de la animación a la lectura; por todos los rincones de nuestra geografía escolar y bibliotecaria se realizan actividades de dinamización de la lectura y la escritura. Con la mejor voluntad −y, todo hay que decirlo, el mínimo rigor− todo tipo de personas se «atreven» a embarcarse en esta apasionante y complejísima labor cultural. Por eso creemos que debemos reflexionar sobre dos conceptos previos: ¿Qué es animación a la lectura? ¿Qué actitudes y cualidades debe tener el animador a la lectura y la escritura? ¿Qué es animación a la lectura? Una de las figuras emblemáticas de la Animación a la Lectura en España es Montserrat Sarto. Su magnífico libro (ahora reeditado), La animación a la lectura. Para hacer al niño lector (Madrid: SM, 1984) supuso una revolución gozosa en el mundo de la didáctica de la lectura porque introdujo los conceptos de disfrute, sentimientos, pasión y amor al niño en la labor entre el mediador, el libro y el niño. Para ella –tomando las palabras de Carmen Olivares– la animación a la lectura es un acto consciente realizado para producir un acercamiento afectivo e intelectual a un libro concreto, de forma que este contacto produzca una estimación genérica hacia los libros. Para Eveline Charmeux el objetivo no es que los niños disfruten de una lectura de animación –en la que es otra persona quien lee– sino que disfruten leyendo. ¡Es la lectura lo que debe resultar agradable, no el dulce con el que la adornamos! El animador –nos dice Isabelle Jan– es quien se convierte en la pieza clave del edificio. Como si cuentos, relatos e imágenes no pudieran existir sin la presencia de un comentario. Mercedes Gómez del Manzano nos recuerda que importa mucho cultivar, al mismo tiempo que la capacidad lectora y la expresión oral, la expresión gestual, la expresión corporal, el mimo, la pantomima y la dramatización. Robert Escarpit argumenta que resulta sumamente importante que el libro se introduzca en la vida del niño antes de la edad escolar y se inserte a partir de ese momento tanto en sus juegos como en sus actividades cotidianas. Los cuentos que se les cuenta a los niños en el hogar son los mejores caminos que conducen a la lectura, nos recuerda Paco Abril. En su trabajo de animación Pep Durán habla de emociones, describe sensaciones, despierta curiosidades, sitúa al misterio, excita el interés, procura divertir, induce a soñar, a fantasear. Animar a la lectura es conseguir todo esto. Si enseñamos al niño a leer y le animamos a hacerlo, comenta Bruno Bettelheim, abrimos ante él un mundo de experiencias maravillosas, le permitimos despojarse de su ignorancia, entender el mundo y ser dueño de su destino. Para Kepa Osoro animar a los niños a la lectura es derramar sobre ellos toda la magia, el sentimiento, la fascinación y la pasión que anidan en las palabras escritas para conmover, enseñar y descubrir el mundo y para entender al hombre. Parafraseando a Fernando Savater, cuando animamos a leer al niño le ayudamos a dar sentido a su presencia en el mundo y a confirmar su alegría de estar en él. ¿Qué actitudes y cualidades debe tener el animador a la lectura y la escritura? Conviene recordar que el animador no es la pieza clave del proceso de intermediación que es toda estrategia de animación a la lectura. Los cuentos, los poemas, las imágenes pueden existir sin su presencia, sin su aliento, tienen energía por sí mismos y capacidad suficiente de embriagar al lector. Paciencia. La creación de hábitos lectores no es un logro que se produce de la noche a la mañana. Por eso no se pueden esperar resultados espectaculares a corto plazo. Sólo llegarán cuando se trabaje con serenidad, constancia y coherencia. Prudencia. Mal empieza el animador que se empeña en que todos los niños y jóvenes lean y disfruten devorando muchos libros y escribiendo muchos textos. Como todo placer el de leer es personal y lo que para unos es una experiencia gozosa para otros puede ser un acto insulso y carente de sabor. Y, por supuesto, ni la cantidad ni el tamaño de los leído o escrito es lo importante. Constancia. A lo largo del proceso de formación de lectores y escritores se producirán momentos de euforia en los que rozaremos con la punta de los dedos la gloria de la efervescencia lectora y creadora, pero irán acompañados indefectiblemente por crisis o baches en los que hasta los más forofos den la espalda momentánea o definitivamente a la palabra impresa. Por eso el animador nunca debe darse por vencido en la «noble causa» por promocionar el hábito lector y escritor. Confianza. El ingrediente reconstituyente de la constancia es la autoconfianza, el convencimiento de que el hábito lector puede explotar y afianzarse a cualquier edad y en cualquier contexto sociocultural por muy adverso que parezca. Incluso en el desierto crecen flores. Rigor. El voluntarismo está muy bien para recoger dinero para el Domund o contra el cáncer, pero aquí no nos vale. Es preciso trabajar en equipo, experimentar, investigar y evaluar autocrítica y constantemente nuestras propias actitudes y métodos. Y, ojo, no seamos desvergonzados: no podemos delegar nuestras funciones y responsabilidad en los padres ni en los bibliotecarios públicos. Creador de ambientes. No estaría de más que el aspirante a animador se diera una vuelta por una escuela de interiorismo y decoración para que le enseñaran a crear ambientes y climas favorable de modo que los niños se sientan seducidos hacia el encuentro con los libros. Pero, naturalmente, no se trata sólo de ambientes físicos, sino sobre todo de atmósferas afectivas sensuales y seductoras, y nos tememos que eso no se enseña en ninguna universidad. Planificación. El animador huirá de la improvisación como del inspector de hacienda. Deberá fijarse unos objetivos concretos, planificará el número de animaciones que va a realizar, las estrategias que va a elegir, los libros que va a emplear... Pero, ¡atención!, planificar no significa crear un modelo tan rígido que el niño se sienta encorsetado, dirigido, adiestrado. Creatividad. Fantasía, imaginación, espíritu renovador y crítico, deseo de dinamitar moldes y tópicos, riesgo, experimentación revolucionaria… pero no sólo al desplegar estrategias de animación sino en toda la didáctica de la lectura y la escritura. Respeto. El primer mandamiento de la Ley del Libro es mostrar un exquisito, tierno y delicado respeto hacia los intereses, nivel de maduración y competencia lectora y escritora de todos y cada uno de los lectores, entendidos como seres únicos e irrepetibles. Coherencia. Si falta este ingrediente el pastel que estamos cocinando acabará irremediablemente en el cubo de la basura. Si hay algo que reprueban los niños y jóvenes es la desvergonzada incoherencia con la que sus adultos significativos tratan de «venderles motos» que están definitivamente escacharradas. Porque ¿no es un fraude que les queramos comer el tarro con frasecitas del tipo «leer te hará más libre», «leer te ayuda a volar y a soñar»…y luego nos vean «disfrutar» sólo con la lectura de las revistas del corazón o con los magacines de chicas y chicos ligeros de ropa? Sólo se contagia lo que se siente y se vive: ¡lee y escribe, maestro, predica con el ejemplo de tu propia pasión lectora y tus constante fiebre por la escritura! Modestia. No eres nadie, animador, no eres más que un mero intermediario, un facilitador del acercamiento del lector a los diversos textos. El auténtico protagonismo lo deben tener exclusivamente el niño y la niña que caminan por el ámbito de la lectura y la escritura. Sensibilidad. Tienes que poseer un radar, un sexto sentido, una especial habilidad para captar las necesidades e inclinaciones de cada lector y para aceptar que tú también estás envuelto en una constante dinámica de aprendizaje. Profesionalidad. Se preocupa por estar al día de las novedades en Literatura Infantil y Juvenil y de los libros documentales y demás materiales y soportes de la lectura. Conocerá el ámbito literario: ferias, exposiciones, premios, congresos. Estará en contacto con colectivos e instituciones, consultará revistas especializadas, etc. Psicología. Conocerá los rasgos psicológicos, intereses, inquietudes, preocupaciones y experiencias lectoras de los niños y jóvenes con los que trabaja, así como su contexto sociocultural. Persuasión. Y, finalmente, el animador tiene que ser experto en márquetin, licenciado en manipulación de masas, doctor en seducción para lograr implicar a los distintos agentes de la educación lectora: profesores, padres, bibliotecarios, autores, etc. Kepa Osoro
Bibliografía La formación de mediadores para la promoción de la lectura: contenidos de referencia del Máster de Promoción de la Lectura y Literatura infantil Cerrillo, Pedro y Yubero, S. (Coord.) Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha. Cuenca. 2003
Libros, lectores y mediadores Cerrillo, Pedro, Larrañaga, Elisa y Yubero, S. (Coord.) Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha. Cuenca. 2002
Cuadernillo para el curso-taller de narración oral y lectura en voz alta para adultos mayores Petit, M. Ministerio de Educación de México ( Plan Nacional de Lectura/Campaña Nacional de Promoción de la Lectura). México.
Nuevos acercamientos a los jóvenes y a la lectura Petit, M. Fondo de Cultura Económica. México. 1999
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