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El valor de la lectura en el desarrollo integral de la persona
Por Fernando Carratalá Teruel Catedrático de Lengua española y Literatura Instituto de Bachillerato “Rey Pastor”, de Madrid El fomento de la lectura, un esfuerzo personal y colectivo ¿En qué medida una cierta crisis en el desarrollo de las capacidades y actitudes lectoras de nuestros alumnos es una de las causas que han contribuido a degradar la educación? Porque es un hecho constatado –y ahí están los datos de los dos últimos Informe PISA Proyecto Internacional para la Producción de Indicadores de Rendimiento de los Alumnos, en el marco internacional común de los países de la OCDE, correspondientes a los periodos 2000-2003 y 2004-2007– que muchos de nuestros adolescentes escolarizados no saben leer comprensivamente un texto ni encuentran en la lectura el soporte cultural con que ir desarrollando su personalidad. Y el desconcierto ante hechos de tanta gravedad afecta por igual a docentes, a alumnos y a sus familias, y también al mundo editorial e incluso a las autoridades educativas. Para no caer en el desencanto, empecemos por afirmar que el fracaso escolar, del que es responsable directo la vuelta de espaldas de la sociedad al mundo de la lectura, solo puede reconducirse desde un ingente esfuerzo personal y colectivo. Esfuerzo, en primer lugar, del propio alumno, que ha de tomar conciencia de que el aprendizaje lector debe ser afrontado con seriedad y rigor, porque no hay aprendizaje auténtico sin trabajo responsable y espíritu de superación. Esfuerzo, también, de los docentes, que debemos estar dispuestos a introducir en nuestra práctica diaria en las aulas los cambios metodológicos necesarios y los medios didácticos adecuados para obtener el mejor rendimiento lector de nuestros alumnos, apostando por formas de «acompañamiento personalizado» para fomentar su motivación y adecuando los ritmos de aprendizaje a los procesos de maduración personal. Esfuerzo, igualmente, de los padres, puesto que está fuera de toda duda que la implicación de la familia en el proceso lector –y, por tanto, educativo– de sus miembros en edad escolar es un factor determinante. Esfuerzo del sector editorial, que ha de proporcionarnos ediciones de textos que sirvan para despertar en los adolescentes el goce estético que la lectura de la buena literatura proporciona. Esfuerzo, finalmente, de los responsables «políticos» de la educación, que convendría que convirtieran la lectura en el pilar básico del sistema educativo, con una legislación que la proteja, fomente y valore. De esta manera, con el esfuerzo de todos –cada uno desde la parcela de su responsabilidad–, tal vez vayamos abriendo las claves para una lectura placentera de cualquier tipo de texto, sin renunciar, en un futuro más cercano que lejano, a la comprensión y disfrute de aquellos otros con cierto nivel de densidad conceptual o de complejidad estilística. De este esfuerzo colectivo es esperable una fructífera cosecha, apoyada en el afortunado aforismo «Más libros, más libres». Porque es obvio que, cuanto más cultura, mayor libertad. Importancia de la lectura en los ámbitos humanístico y científico En una sociedad como la actual, y en particular en la de los países industrializados que centran su nivel de progreso en los avances tecnológicos, no resulta cuestión baladí plantearse –al menos como reflexión teórica– qué utilidad tiene la lectura de textos humanísticos, es decir de aquellos que abarcan aspectos del ser humano de los que se ocupan disciplinas tales como la psicología, la antropología, la sociología, la historia, la filosofía, la literatura...; textos que reflejan toda una concepción vital basada en los valores humanos. Y para responder a esta cuestión hay que empezar por afirmar que no está justificado enfrentar los textos humanísticos con los científicos, es decir, con aquellos que atañen a las ciencias exactas, físico-químicas y de la naturaleza. Entre otras razones, porque ambos tipos de textos –humanísticos y científicos– se complementan para lograr el desarrollo integral del ser humano como persona. Y quizá no esté de más recordar que Newton escribió en latín sus Principia Mathematica, y que hasta Descartes toda la ciencia europea se escribió en esa lengua. Y no le faltaba razón al académico Arturo Pérez Reverte cuando señalaba –en carta a su hija María1– que no hay mejor vacuna que el conocimiento [que a través de la lectura se adquiere], es decir, la cultura, en el sentido amplio y generoso del término, que podrá no solucionar casi nada, «pero ayuda a comprender, a asumir, sin caer en el embrutecimiento, o en la resignación». Y, en este sentido, da igual que uno se incline más por las ciencias humanas que por las naturales. Porque el mundo de la cultura –cuya vía principal de acceso es la lectura– constituye, en sí mismo, una forma de entender la existencia, que se traduce en un continuo aprender a ser, potenciando los aspectos intelectuales, afectivos, físicos, espirituales y trascendentes de la persona; y nos ayuda a tomar una postura ante el Universo del que formamos parte como criaturas humanas, y en el que encontramos poco a poco nuestro propio espacio vital para realizar un proyecto de vida tan personal como intransferible. Y es que sea desde el ámbito de las humanidades, sea desde el mundo del conocimiento científico, todos estamos llamados a participar y a comprometernos en la construcción de una sociedad más justa, fraterna, humana y solidaria, que convierta la dignidad de la persona en la razón suprema de su existencia. La trascendencia educativa de la lectura A través del acercamiento a los textos literarios, los docentes hemos de procurar que nuestros alumnos vayan adquiriendo el hábito de la lectura reflexiva, desarrollando la capacidad crítica y descubriendo los múltiples valores estéticos que la literatura encierra. Por ello debemos proporcionarles textos literarios con indiscutibles valores recreativos, artísticos y formativos, que permitan el enriquecimiento de sus vivencias personales, estimulen su sensibilidad y, en definitiva, fomenten actitudes favorables hacia la lectura; todo lo cual, sin duda, habrá de contribuir a su formación como personas. Porque, en efecto, el mundo de la literatura no puede quedar al margen de una educación integral que persiga el aprender a ser –insistimos una vez más–, desarrollando la persona en toda su plenitud. Porque, parafraseando a Robert Hugues2, la lectura es uno de los caminos más contundentes para que la juventud llegue a ser libre, piense por sí misma y organice su presente y futuro a su imagen y semejanza. La lectura como acompañante en el proceso de socialización de la personalidad Que la lectura ayuda a desarrollar la capacidad crítica es evidente; precisamente porque estimula las facultades intelectuales. Ya lo decía Gloria Fuertes en este sencillo –y a la vez profundo– poema: No está mal
El perro entiende. El cocodrilo llora. La hiena ríe. El loro habla. El hombre entiende, llora, ríe, habla y además puede leer. De todos los animales de la tierra sólo el hombre puede leer para dejar de ser animal. ¡No está mal!
Por otra parte, cuanto más se recurre a la lectura, menos sometido se está a cualquier tipo de manipulación, en especial a la de los medios de comunicación y, muy en particular, a la que la televisión trata de ejercer sobre sus espectadores habituales3. Porque es cierto que las imágenes audiovisuales nos subyugan de tal manera que no potencian precisamente ese distanciamiento crítico con que hay que saber analizarlas. De ahí que la influencia de la televisión pueda ser dañina, y favorezca la pasividad de quienes, incapaces de criticar lo que ven, se entregan en brazos de unas imágenes que apelan a los sentimientos, pero que la razón es incapaz de controlar, y se quedan, por lo tanto, a merced de esos estímulos emocionales que les llegan «desde fuera», incapaces de distanciarse críticamente de ellos4. Además, muchos de los modelos de referencia que la televisión viene potenciando suelen carecer del mínimo soporte ético; y surgen, así, personajes famosos –o, por decir mejor, conocidos–, pero con una fama que nada tiene que ver con el prestigio que se deriva de una excelente actuación profesional5. Convengamos en que para convivir en un mundo plagado de mensajes audiovisuales es necesario propiciar una educación que ascienda de las sensaciones a la lógica; porque sólo así dejarán de conmovernos tantas trivialidades que ofenden a la inteligencia y nos degradan como personas. La lectura y la creación de un clima que favorece la convivencia La lectura favorece la creación del necesario ambiente de tolerancia que hace más fácil nuestra convivencia y contribuye a mejorar nuestras relaciones sociales. Porque el secreto de una vida socialmente pacífica reside en la tolerancia bien entendida: respetando las ideas, prácticas o creencias de los demás cuando son diferentes o contrarias a las nuestras; pero no consintiendo algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente. A este respecto son muy lúcidas las palabras de Enrique Rojas: «Aprender a dialogar es una de las facetas centrales de la convivencia. Ser capaces de escuchar y simultáneamente de argüir, demostrar argumentos, de expresar la propia opinión. De este modo, uno es capaz de estar en desacuerdo sobre un tema concreto, pero expresa esta divergencia sin ofender, ni faltar. / Muchas incompatibilidades de caracteres arrancan de aquí, por no asimilar adecuadamente esto. Se trata, en el fondo, de aceptar el pluralismo. Cuando se tiene esta visión más amplia, el horizonte se ensancha y se hace más llevadera la vida y su gramática específica. / Ser pluralista no es buscar identidad de criterios, ideas y gustos, sino aceptar de buen grado la diversidad.»6
La armonía de la convivencia parte del diálogo fructífero; y para que éste se produzca es necesario saber escuchar con la atención debida. La palabra poética de Antonio Machado es, en este sentido, concluyente: «Para dialogar, / preguntad primero; / después... escuchad». Y no estaría de más recordar aquí algunas palabras del discurso del escritor y semiólogo italiano Umberto Eco, pronunciado en Jerusalén con motivo del doctorado honoris causa que le fue concedido por la Universidad Hebrea: «Debemos enseñar a los jóvenes que viven en contacto con personas de origen distinto que su recíproca diversidad no es un obstáculo para la vida en común, sino más bien una fuente de enriquecimiento mutuo. Nosotros decimos que no nos volvemos iguales negando la existencia de las diversidades. Las diversidades existen y hay que reconocerlas. [...] Si no hubiese diferencias no podríamos entender siquiera quiénes somos: no podríamos decir “yo” porque no tendríamos un “tú” con el que compararnos. Digamos que igualdad significa que cada uno tiene derecho a ser distinto a todos los demás. Intentemos hablar a los niños de los estereotipos racistas, de la intolerancia, del prejuicio, de los guetos, de las favelas, del apartheid, de la deportación, del genocidio. [...] Si has sufrido como miembro de un grupo oprimido, debes hacer que en un futuro otros no padezcan tus mismos sufrimientos.»7 Indiscutiblemente, las palabras de Eco son toda una alegoría de la tolerancia y nos ponen en el camino para reforzar y defender los valores universales fundamentales que conducen a una vida pacífica. Demos ahora la palabra al poeta del pueblecito onubense de Moguer, y recreémonos leyendo uno de sus poemas menos conocidos, en el que se ensalza el valor de la tolerancia: Distinto
Lo querían matar los iguales, porque era distinto. Si veis un pájaro distinto, tiradlo; si veis un monte distinto, caedlo; si veis un camino distinto, cortadlo; si veis una rosa distinta, deshojadla; si veis un río distinto, cegadlo... si veis un hombre distinto, matadlo. ¿Y el Sol y la Luna dando en lo distinto? Altura, olor, largor, frescura, cantar, vivir distinto de lo distinto; lo que seas, que eres distinto (monte, camino, rosa, río, pájaro, hombre): si te descubren los iguales, huye a mí, ven a mi ser, mi frente, mi corazón distinto.
Juan Ramón Jiménez nos ha expresado con toda claridad su mensaje de profundo contenido humano: Si la naturaleza es variopinta -el Sol y la Luna son únicos y, por tanto, distintos- y no hay monte o camino o rosa o río o pájaro igual a otro. Sucede lo mismo con los seres humanos: precisamente lo que nos diferencia a unos de otros es lo que enriquece nuestras relaciones humanas. Pero «los iguales» –los que piensan y actúan de un modo fijado de antemano– acechan, y no aceptan «la diferencia»: no toleran que otros piensen de otra manera, que sientan de otra manera...; en definitiva, que sean de otra manera. Son esos «iguales» que viven sumidos en la intolerancia, el racismo... Y frente a ellos, surge un poeta –Juan Ramón Jiménez, ser distinto donde los haya, y dotado de una exacerbada sensibilidad– ofreciendo su apoyo a los perseguidos por la insolidaridad y la injusticia. Al margen del texto, sintamos y hagamos como Juan Ramón Jiménez: convirtamos la disponibilidad hacia los demás en norma de conducta vital; y veamos en «la diferencia» la prolongación enriquecedora de nuestra propia personalidad. De esta forma superaremos posturas autoritarias e intolerantes, racistas y xenófobas, y contribuiremos a la consecución de un mundo más justo y solidario. Ese es el auténtico valor del respeto a «la diferencia». Y necesitábamos de la colaboración de un poeta para saberlo expresar con su especial personalidad artística; en un quehacer literario que, en mayor o menor grado, encuentra en la «obra de arte» su razón de ser. El desarrollo de la sensibilidad a través de la lectura Especial relevancia tiene la lectura para estimular el goce estético. En el ámbito de la literatura, por ejemplo, se cuentan por miles las obras que reúnen aquel mínimo de calidades lingüísticas y literarias que las hacen aptas para favorecer, además de un dominio cada vez mayor del idioma por parte de sus lectores, un progresivo desarrollo de sus capacidades estéticas. Y ya que de literatura hablamos, abogamos por una justa combinación de la lectura de las grandes obras de autores consagrados de la literatura intemporal –lectura guiada por los profesores, en el ámbito escolar, para asegurar una comprensión más satisfactoria– con la de obras propias de la literatura juvenil actual, capaces –por su temática y lenguaje– de intensificar el placer de leer y de implicar al lector en dichas obras8. Y, de esta manera, la lectura de obras de «literatura para adolescentes», más que un fin en sí misma, se convertiría en un medio para acceder al conocimiento y disfrute de esa «otra» literatura que cualquier persona medianamente instruida debería saber apreciar. Porque, en definitiva, la lectura de textos literarios –de la buena literatura– es una vía indiscutible para contribuir a una formación integral como personas. Es ahora el trasfondo humano de «una de las más luminosas voces poéticas españolas», en opinión de Camilo José Cela, la que nos conmueve con sus versos. La lectura de este hermoso poema sirve para corroborar las palabras de nuestro Premio Nobel de Literatura. Labrador
Labrador, ya eres más de la tierra que del pueblo. Cuando pasas, tu espalda huele a campo. Ya barruntas la lluvia y te esponjas, ya eres casi de barro. De tanto arar, ya tienes dos raíces debajo de tus pies heridos y anchos. Madrugas, labrador, y dejas tierra de huella sobre el sitio de tu cama, a tu mujer le duele la cintura por la tierra que dejas derramada. Labrador, tienes tierra en los oídos, entre las uñas tierra, en las entrañas; labrador, tienes chepa bajo el hombro, y es tierra acumulada, te vas hacia la tierra siendo tierra, los terrones te tiran de la barba. Ya no quiere que siembre más semillas, que quiere que te siembres y te vayas, que el hijo te releve en la tarea; ya estás mimetizado con la parva, estás hecho ya polvo con el polvo de la trilla y la tralla. Te has ganado la tierra con la tierra, no quiere verte viejo en la labranza, te abre los brazos, bella por el surco, échate en ella, labrador, descansa.9
Sí. La poesía puede seguir siendo esa «arma cargada de futuro expansivo / con que te apunto al pecho», que proclama Gabriel Celaya en sus versos10; porque, como decía esa otra voz poética –también de extraordinaria humanidad–, Gloria Fuertes, un libro en manos de un niño es el mejor medio para evitar que, de mayor, empuñe una navaja; esa Gloria Fuertes cuyos poemas –dulces o amargos– reflejan su capacidad de amor hacia todo cuanto le rodeaba, y su compromiso en favor de la construcción de un mundo más justo y solidario, más culto y más libre. Retomemos, una vez más, sus versos, entresacados de La poesía no es un cuento11: Mi voz de zambomba
Mi voz de zambomba ronca te dice lo que he gritado, lo que he vivido te dice, te dice lo que he cantado. Mi voz de zambomba zumba cariñosa en tu costado, mi verso, látigo dulce, lo sé, que puede hacer daño –sólo es un daño poético que evita un terrible daño–. Ama, ama, quiere y ama, sólo así serás el amo. Poema al no
No a la tristeza. No al dolor. No a la pereza. No a la usura. No a la envidia. No a la incultura. No a la violencia. No a la injusticia. No a la guerra. Sí a la paz. Sí a la alegría. Sí a la amistad.
Lectura es cultura y cultura es libertad La lectura amplía la cultura –ese conjunto de conocimientos que nos permiten desarrollar nuestro juicio crítico– y, por tanto, se convierte en la mejor salvaguarda de nuestra libertad. La breve y original fórmula a la que antes aludíamos –«Más libros, más libres»– es, pues, algo más que un simple eslogan publicitario. Ya lo subrayaba Borges con toda nitidez: «Ahora, como siempre, el inestable y precioso mundo puede perderse. Sólo pueden salvarlo los libros, que son la mejor memoria de nuestra especie»12. Y aun cuando no toda la cultura está contenida en los libros, no cabe duda de que la lectura puede servir para poner coto a esas actitudes más o menos indolentes de muchos adolescentes que buscan refugio en otras formas de recepción de la información aparentemente más sencillas que las que derivan de una adecuada comprensión del lenguaje escrito: en el mensaje audiovisual, que suele entenderse con mayor facilidad e implica un receptor más pasivo; y en el soporte informático, que facilita un más rápido acceso a la información-; lo que puede suponer –y de hecho supone– un freno a la imaginación, siempre despierta de un lector. Y si hay un libro emblemático para el mundo de la cultura, ese es Don Quijote de la Mancha, cuyo personaje central, hace de la lucha por la libertad la razón de su existencia. Nadie que leyera atentamente la novela cervantina suscribiría que el comportamiento del hidalgo manchego en las múltiples aventuras en que se ve inmerso a lo largo de la obra es el de un loco ridículo. Antes al contrario, cualquier lector acaba viendo en ese comportamiento el de un idealista cuya conducta se mueve impulsada por los más nobles sentimientos: Don Quijote cree en la utopía de un mundo mejor: pretende encarnar el espíritu de la caballería andante en una sociedad en la que ya no tienen cabida los caballeros andantes. Y, por ello, su locura es, en sí misma, una manifestación de la grandeza de su espíritu: Don Quijote representa la lucha por la justicia, por los derechos de los oprimidos frente al poderoso opresor, por la honra y el honor, por la libertad...; en definitiva, por la grandeza espiritual de las personas. Muy elocuentes son, a este respecto, las siguientes palabras de Don Quijote, que aunque repetidas y conocidas, resuenan hoy en nuestro oídos con la misma contundencia –o incluso mayor– con que debió de escribirlas Cervantes, que tantas veces ha relacionado el tema de la libertad con la dignidad del hombre: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!»13 Leamos, pues; precisamente porque, como nos recuerda Terencio, «Hombre soy, y nada de lo humano me es extraño»14. E invitemos a nuestros más cercanos a que lean por el puro placer espiritual de leer. Es imprescindible que vayamos desarrollando esa conciencia de lector que, estimulando nuestros gustos personales, habrá de llevarnos, por propia iniciativa, a entrar en contacto con los mejores maestros de la lectura: los buenos libros, esos que habrán de acompañarnos a lo largo de nuestro periplo vital como garantes de nuestra libertad; de manera que siempre podamos hacer nuestras las palabras de Borges: «No sé si hay otra vida; si hay otra, deseo que me esperen en su recinto los libros que he leído bajo la luna con las mismas cubiertas y las mismas ilustraciones, quizá con las mismas erratas, y los que me depare aún el futuro»15 Convirtamos la lectura en un «espacio de libertad». Señalaba Gianni Rodari –en el Prefacio de su célebre Gramática de la fantasía– que «el uso total de la palabra para todos» es un buen lema, de bello sonido democrático; «no para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo».16 La lectura –y, a través de ella, el goce del tratamiento estético de la palabra– es, sin duda, un cauce para la libertad, un vehículo de expresión de tolerancia; y el amante de la lectura, un ser con la suficiente sensibilidad como para hacer de esa libertad –bien entendida– una manera de vivir; porque de la libertad forma parte sustancial la libertad de expresión y, por tanto, también la artística y literaria. Epílogo grotesco Y si la lectura es tan importantes para el desarrollo armónico de las personas –según puede inferirse de lo anteriormente expuesto y argumentado–, ¿por qué está escandalosamente relegada en el sistema educativo y en la sociedad actual? Ignoramos la respuesta. Quien la encuentre que la comparta con nosotros. Nos encontrará en el aula, batallando por dignificar la calidad de la educación. Mientras tanto, procuremos todos esforzarnos por que la lectura recupere el lugar de privilegio que nunca debió haber perdido. El progreso tecnológico está exigiendo la compañía de las humanidades para avanzar sin perder el referente ético-moral. Y en este campo, la lectura es fundamental. Y si en algún momento nos invade el pesimismo, si pensamos que podemos desfallecer, recordemos, como estímulo, las palabras de nuestro inmortal Caballero: «¿Qué te parece esto, Sancho? –dijo don Quijote–. ¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible».17 Bibliografía y notas - Pérez Reverte, Arturo: «Carta a María». El Semanal, 19 de noviembre del 2000. Subir
- Hugues, Robert (Sydney, 1938). Instalado en Nueva York desde 1970, ha ejercido como crítico de arte en la revista Time. Entre sus obras de creación destaca The fatal shore (La costa fatídica), de 1987. Subir
- En un polémico artículo publicado en el diario ABC («El hábito de la lectura», 29 de marzo de 1993), Camilo José Cela defendía la vieja tesis de que los gobernantes, reprimiendo culturalmente a las masas por medio de una televisión carente de cualquier capacidad para instruir, son los verdaderos responsables de que se haya perdido la afición por la lectura y de que, en consecuencia, la gente tenga cada vez menos sentido crítico. Para Cela, el entontecimiento del espectador que la televisión se esfuerza en lograr es estimulado y aprovechado por los gobernantes; porque al rebajarse la capacidad intelectual de los ciudadanos, alejados de la lectura, se les hace fácilmente manipulables por esos mismos gobernantes, en aras de su propio beneficio personal. Subir
- Cf.: Rojas, Enrique: «Elogio de la voluntad». Diario ABC, 1 de junio de 1992. Subir
- Los efectos de la telebasura los denunciaba contundentemente Manuel Hidalgo en su artículo «Quieren ser famosos»: «Hoy, los niños quieren ser famosos y, lo que es peor, sus padres también quieren que sean famosos. Los maestros han percibido con horror que los padres –y muy especialmente aquellos que pertenecen a la antes llamada clase obrera– no inculcan a sus hijos la idea del estudio, el esfuerzo o el cultivo de una vocación profesional, sino que, subyugados por la propuesta televisiva del famoseo gratis total, les empujan, si pueden, hacia el atajo fácil de la televisión, el cine, la publicidad, la moda, las revistas, la canción o los concursos en su versión de triunfo rápido, gloria barata y dinero fácil. Los que llegan y los que no, van formando un contigente de putones y macarras. Esta fama, por supuesto, nada tiene que ver con el prestigio, la idoneidad o, mucho menos, la excelencia. Se trata del concepto vacío que bien conocemos o, mejor dicho, únicamente lleno del material de su cáscara. Llegar a ser famoso es lo sustantivo y los medios para lograrlo –incluidos los peores– son lo adjetivo y secundario, y nadie piensa, por supuesto, en que su hijo llegue a ser un arquitecto famoso, un científico famoso o un pintor famoso. Basta con que sea famoso a secas, y donde esté un casting que se quite una beca». (Diario El Mundo, 5 de noviembre de 2004) Subir
- Cf.: Rojas, Enrique: «El drama de la convivencia». Artículo aparecido en el diario ABC. Subir
- Cf.: Eco, Umberto: «La fuerza de la cultura podrá evitar el choque de civilizaciones». En este discurso –publicado por el diario El País, con fecha 12 de junio de 2002, y que consideramos de obligada difusión–, Eco reflexiona sobre el valor de la cultura como sinónimo de concordia, y se presenta el ambiente académico como el foro más idóneo para facilitar el intercambio pacífico de puntos de vista encontrados, y para favorecer, así, la tolerancia. Subir
- Es de justicia reconocer aquí el esfuerzo de muchos de nuestros escritores actuales, empeñados en hacer asequible a los adolescentes el «hecho literario»; autores que escriben pensando en ellos, y cuyas obras abordan los problemas que son propios de la juventud. Su forma de hacer literatura –y de llevarla a los centros educativos por medio de charlas y conferencias sobre sus obras, previamente leídas por los alumnos–, y que no desmerece de otra cualquiera digna de tal nombre, está logrando, en cierta manera, fomentar el hábito de la lectura entre determinados jóvenes, que rechazan cualquier otro tipo de literatura. La relación de estos autores –españoles– sería interminable; pero, por citar algunos de los más conocidos, valga esta breve nómina como botón de muestra: Manuel Alfonseca, Bernardo Atxaga, Lucía Baquedano, Montserrat del Amo, Juan Farias, Joan Manuel Gisbert, Alfredo Gómez Cerdá, Concha López Narváez, Andreu Martín, Antonio Martínez Menchén, José María Merino, Carlos Murciano, Jordi Sierra i Fabra, etc. Subir
- De Todo asusta, incluido en Obras incompletas. Edición de la autora. Madrid, editorial Cátedra. Colección Letras Hispánicas, núm. 32. 12.ª edición; p. 132. Bellísima página poética ésta, en la que uno no sabe qué admirar más, si la belleza del contenido –el amor por la tierra del labrador y su comunión material y espiritual con ella– o la maestría técnica, que no ha necesitado de grandes alardes estilísticos para conmover a cualquier lector. Versos que manifiestan la dureza del trabajo agrícola; un duro trabajo con que el labrador se ha ganado que la bella tierra, antes de que le llegue la vejez –y una vez reemplazado por el hijo en el esfuerzo de la labranza–, lo reciba con amor en los surcos tan arduamente abiertos, para descanso de sus fatigas. Subir
- Cf.: «La poesía es un arma cargada de futuro». En Poesía urgente (1960): Buenos Aires: Losada. El poema termina con estas dos estrofas, en las que Celaya define la intencionalidad última de su poesía: «No es una poesía gota a gota pensada. / No es un bello producto. No es un fruto perfecto. / Es algo como el aire que todos respiramos / y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos. // Son palabras que todos repetimos sintiendo / como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. / Son lo más necesario: Lo que no tiene nombre. / Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos». Subir
- En La poesía no es un cuento. Madrid: Bruño, 1989. Colección Altamar, n. 20; pp. 68 y 67, respectivamente. Subir
- Cf.: Borges, J. L. «Elogio del libro». Diario ABC, 17 de julio de 1988. Subir
- Cervantes, Miguel de: Segunda Parte de El ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha, cap. LVIII. Subir
- Esta es la máxima de Terencio, tomada del Heautontimorumenos: «Homo sum: humani nihil a me alienum puto». Subir
- Borges, J. L.: Ibídem. Subir
- Rodari, G. (1979): Gramática de la fantasía. Barcelona: Ferran Pellisa, 2.ª ed., p. 9. Subir
- Cervantes, Miguel de: op. cit., Segunda Parte, capítulo XVII. Subir
Bibliografía Elogio del libro Borges, J. L. Diario ABC, 1988,
Carta a María Pérez Reverte, A. El semanal, 2000,
Gramática de la fantasía Rodari, G. Ferran Pellisa, 1979, Barcelona
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